AMILCAR BRUSA + 22 OCT 1922 + 27 OCT 2011 +  

Publicado por Indi Indigo


Télam, por Emilio Coppolillo Bianco

El fallecimiento de Amílcar Brusa no es sólo el punto final para la vida del hacedor de Carlos Monzón y del entrenador más exitoso del boxeo argentino de todos los tiempos, sino también el paso a la inmortalidad del último de los grandes maestros del pugilismo nacional, un grandote bonachón que honró la palabra maestro.

Y es que Brusa fue mucho más que el entrenador de 14 campeones mundiales, el Ciudadano Ilustre de Santa Fe o el reconocido maestro distinguido por su ingreso al Salón de la Fama del Boxeo.
Fue, sencillamente, un hombre que honró su profesión durante más de 60 años, una persona cabal que encaminó a sus boxeadores dentro y fuera del ring, y que hizo un culto del trabajo, la disciplina, imprescindibles en una actividad tan rigurosa.

En una época de elogio fácil y adjetivos superlativos, Brusa agota las posibilidades y minimiza las calificaciones porque su grandeza fue su obra, sostenida en la admiración que generó en los mejores testigos de su tarea: los boxeadores que dirigió, hayan sido campeones mundiales o no.

Brusa fue maestro sin proponérselo e hizo del perfil bajo un modo de vida porque no se dedicó al boxeo para tener un buen pasar o para recibir halagos.

El boxeo fue el amor de su vida, junto con su familia, y lo abrazó con pasión hasta el último de sus días como entrenador, tal como lo hizo como pugilista aficionado, un pesado con aptitudes que se calzó los guantes impulsado por su padre y por su admiración a otro grandote glorioso como Luis Angel Firpo.

El grandísimo Carlos Monzón, para muchos el mejor campeón mediano de la historia, fue su gran realización, pero lo suyo no se limitó a un único gran pupilo o a las fronteras de su país.

Un conflicto con Juan Carlos Lectoure lo obligó a tomar otros rumbos y dejó su huella en Colombia, Venezuela y Estados Unidos, donde siguió sumando gemas a su collar de campeones mundiales.

En total fueron catorce, de distintas nacionalidades y de variadas categorías, porque tuvo campeones nacidos en República Dominicana, Colombia, Venezuela y El Salvador, y más allá de orígenes y culturas diferentes, a todos les impuso la conducta de la preparación a conciencia.

No de casualidad una de sus frases predilectas era "en la vida te puede traicionar cualquiera, pero el único que no te traiciona es el gimnasio".

Y tampoco fue producto del azar que sus campeones mundiales abarcaran tantas categorías: fueron monarcas en divisiones tan diferentes como minimosca, mosca, supermosca, gallo, supergallo, pluma, superpluma, superligero, welter, mediano o mediopesado.

La respuesta es muy simple: trabajaba a sus boxeadores para que el desarrollo de la pelea agigantara sus virtudes y minimizara sus defectos, como se pudo presenciar en cada una de las defensas de Carlos Monzón, cualquiera fuera el escenario.

Amílcar Brusa perteneció a una generación de entrenadores artesanales, como fue Paco Bermúdez con Nicolino Locche, pero también supo adecuarse a los tiempos y trabajar en equipo, como un faro que iluminaba la tarea, lo que se vio en su última conquista con Carlos Baldomir hace pocos años.

Su legado es su obra, su trayectoria ejemplar, su pasión por el boxeo, porque al margen de los títulos y el prestigio, nunca perdió de vista que "esta es una disciplina deportiva que ofrece un futuro a un chico humilde, pobre, sin estudios, que está fuera del sistema" y consagró su vida a ello.


En la foto junto a Leonardo Favio, Carlos Monzón y Susana Gimenez

Junto al presidente de la OMB-WBO, Paco Valcárcel

UN REPORTAJE DE LA REVISTA GENTE ANTES DE BALDOMIR-MAYWEATHER:

Soy el entrenador que tiene más campeones del mundo. ¿Y sabe cómo aprendí parte de la técnica que le transmito a mis pupilos? En Titanes en el Ring, peleando con Martín Karadagian. Yo era El Enmascarado Rojo…”. Sorprende, claro, Amílcar Brusa. Es su primer golpe de la charla, y no será el último…

Cuando se calzaba los guantes. Don Amílcar nació el 22 de octubre de 1922 en Colonia Silva, un pueblito rural a 140 kilómetros de la ciudad de Santa Fe. Por aquellos tiempos, su geografía se resumía a unos treinta habitantes desparramados en diez casas alrededor de la estación de trenes de estilo inglés, calles de tierra seca y polvorienta, clima de siesta… Un paisaje que pareció contagiar al propio Amílcar. “Un día mi padre, Pedro, me dijo: ‘No te gusta estudiar, no te gusta laburar en el campo… ¿Qué vas a hacer? Si querés boxear, yo te apoyo’”, cuenta Brusa. Y se calzó los guantes, nomás. En apenas cinco peleas, dos años después, obtuvo su primer trofeo: un campeonato santafesino de novicios. Poco después, llegó el primer combate por los porotos de verdad: la final del torneo Guantes de Oro en la categoría Pesado. Perdió con Rafael Iglesias, casi un clásico de la época. “En el segundo round lo dejé arrodillado en la lona. Se levantó y, en el tercero, me pegó un golpe en el mate, cerca de la nuca. No me recuperé más: perdí por knock-out”. No se achicó, y fue por más. Y más fue, precisamente, lo que recibió en su pelea más importante, por las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de 1948, que se hicieron en Londres. Enfrente, otra vez Iglesias. “Empatamos, pero se la dieron por puntos. Ese día me replanteé la carrera… Y adiós al boxeador”, recuerda.

–¿Por qué?
–Me dije: “Si no sirvo para representar a mi país, me retiro”. Todos decían que debía entrenar, por los consejos que les daba a los profesionales. Así comenzó mi carrera de entrenador.

–¿Y no se dio otra oportunidad para pelear?
–Sí, pero en la lucha libre. Yo era El Enmascarado Rojo –no confundir con El Caballero Rojo– en los primeros Titanes en el ring, y aprendí a manejar al público, cosa que con el boxeo no podía hacer. Era un showman.

–¿El Enmascarado Rojo era más showman que Karadagian?
–¡No! Martín fue el gran maestro del show. De él aprendí la técnica de trabar, algo que hoy saben todos mis boxeadores. ¿Usted recuerda la pelea entre Holyfield y Tyson? Lo agarraba del brazo, lo pasaba, lo daba vuelta y le pegaba. Tyson lo mordió, porque el otro lo enloqueció… Le manejó toda la pelea. Así traban los míos.

“¿Quién es este negrito?” El gran salto fue como entrenador. Y el responsable, como siempre, tuvo nombre y apellido: Carlos Monzón. El encuentro entre ambos fue antológico. “Mire, Brusa, a mí hace poco me robaron con un porcentaje. Yo sé que usted no roba. Por eso vengo a verlo. ¿Me toma como pupilo?…”. Cuando terminó de hablar, Carlos Monzón todavía tenía puestas unas botas de entrenamiento que había robado del Club Unión de Santa Fe. “Si querés que te entrene, devolvé esas botas que no son tuyas. Hablemos en unos días y vemos qué pasa”, completó don Amílcar su primer diálogo con aquel púgil de apenas siete peleas. El resto se escribió en letras de oro: Monzón devolvió las botas, don Amílcar lo subió al cuadrilátero (tuvo cien peleas amateurs) y rápido descubrió su ADN: púgil veloz, con golpes prácticos, contundentes, “pero con el tanque de nafta en ‘empty’ después de tirar las primeras tres manos seguidas. Juan Pablo Brusa, mi primo, que era bioquímico, le hizo un análisis. Allí descubrió que tenía apenas tres millones de glóbulos rojos. El Negrito era muy vivo, pero había que controlarle la energía para que no se muriera después de pegar dos veces. Le aplicamos un procedimiento ruso, a base de hierro, y lo fuimos llevando”.

–Don Amílcar, ¿alguien apostaba a que Monzón llegaría tan alto?
–Cuando salió campeón, el periodismo porteño no supo verlo. Yo lo digo, pero no les gusta oírlo. De Locche hablaban maravillas, pero de Carlos decían: “El negro es bruto, va a terminar mal”. Nicolino terminó con la cabeza hinchada de golpes, ¡y Monzón sin ninguna marca!

–¿Es cierto que a Monzón le costaba pelear con los petisos?
–(Ríe) Decían que le tenía miedo a Mantequilla Nápoles y yo me mataba de risa… Después de ganarle por abandono en su novena defensa, el entrenador de Mantequilla, Angelo Dundee –el mismo que estuviera en los rincones de Muhammad Ali y Sugar Ray Leonard, nada menos–, me dijo: “Brusita, ¡qué práctico este negrito! Te va destruyendo de a poco. Si no se lo saco, me lo mata”.

–Al ver sus combates, parecía que se sacaba la furia sobre el ring.
–¿Sabe cuál fue el problema de Monzón? Tuvo una infancia de maltrato, sin contención ni educación: apenas terminó tercer grado. Siempre lo provocaron para sacarle plata.

–¿Cómo llegaron a la pelea con Benvenutti?
–De punto total. Italia estaba convulsionada, llena de pasacalles. Hasta la Ferrari del campeón decía “Nino Benvenuti”. Siento que fue la pelea maestra de todos los tiempos. Nadie creía que podía ganar, pero Monzón estaba muy motivado. Lo fue trabajando y le dio un knock-out notable.

–¿Usted fue el único iluminado capaz de ver tamaño crack?
–Carlos fue a pelear con Benvenuti como una palomita. Los periodistas se reían. Tito Lectoure siempre se subía a los rincones de los boxeadores argentinos, pero aquella vez no creyó.

–¿A Monzón, después, lo superó el personaje?
–Cuando Carlitos hizo la película El Macho, las mujeres se volvieron locas, se le tiraban encima. La actriz Ursula Andress se vino desde Los Angeles a buscarlo. Yo le decía: “En el ring te olvidás de las minas, de todo…”. Y él me atendía. Sabía reconocer a los chupamedias.

–¿Le encuentra explicación al final desgraciado de Monzón y de muchos boxeadores?
–Yo no me nutro de boxeadores en colegios de monjas ni en universidades, sino en las villas. Es gente necesitada. ¿Eso responde su pregunta?
La chance final. El último de sus campeones, como si un círculo se cerrara, también es de Santa Fe. “En el 2002, con 30 años, conseguí una pelea preliminar por el título del mundo frente al mexicano Julio Cruz. Me robaron la pelea y no me pagaron los 25 mil dólares de la bolsa. Sin la plata no podía seguir. Tenía que colgar los guantes”, recuerda Carlos Baldomir (35), que finalmente fue campeón Welter del CMB tras vencer en enero a Zab Judah en el Madison Square Garden de Nueva York. Claro que todo ocurrió tras la aparición del incansable Brusa, que le sugirió: “Tenés 30 años, te queda una sola chance. Si querés ser campeón del mundo, veníte a los Estados Unidos. Acá vas a tener sparrings de verdad”. Cinco años después, Carlos Baldomir abandonó su oficio de toda la vida, la venta de plumeros, y se calzó el cinturón de campeón mundial.

–Amílcar, ¿Baldomir se parece en algo a Monzón?
–¡En nada! Son distintos por temperamento, por estilo… Baldomir es fuerte, tiene pegada y sabe regular la pelea. Está lejos de ser exquisito. Antes de pelear con Arturo Gatti en su primera defensa se cansaba mucho entrenando, y yo le gritaba: “Demostrále que el macho sos vos, no él”. Le pusimos sparrings que lo superaban. Y, tiene tantos h… que llegó a pelear en condiciones óptimas.

–¿Cómo lo ve para la segunda defensa frente a Floyd Mayweather, el próximo 4 de noviembre?
–A Mayweather lo enfrenté con Carlos Famoso Hernández, que lo aguantó hasta el duodécimo round. Aquella vez peleó con 130 libras (59 kilos) y ahora viene con 147 (66 kilos). Es muy bueno, pero Baldomir es mejor.

–Tras la defensa de Baldomir, ¿se vuelve a la Argentina?
–Es una decisión que tomé hace un tiempo. Los años no vienen solos: hoy demoro un día para subir y otro para bajar del ring. Ya no puedo sacarle el bucal a mi pupilo, ni ponerle el asiento con velocidad. Soy el último en subir y el primero en bajar.

–¿Y por qué se fue del país?
–Me fui en los 80, después de pelearme con Tito Lectoure. Si uno salía de su circuito, no conseguía boxeadores en el país y no trabajaba. Me peleé por cosas que no puedo contar…

–¿Se retira?
–No, porque sigo teniendo facilidad para enseñar. Lo que yo enseño en una semana, a otros les demora un mes. Hay algo que les repito a mis pupilos: “A vos te pueden traicionar tu mamá, tu papá, tu novia, pero el único que no te traiciona es el gimnasio”.

–¿Se considera una persona a la que le sonrió la vida?
–Yo no puedo cantar: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”, porque hace más de diez años que Blanca, la mujer que me dio dos hijas y un hijo, está inconsciente. En el 96 sufrió un golpe en la nuca: no camina, no habla, no sé si me conoce… Eso me mata.

–Está a punto de cumplir 84 años. ¿Le teme a la muerte?
–No, no le temo. Los años te quitan la vista, el oído y la salud. Creo que le di mucho al boxeo: nadie tiene catorce campeones, como yo. Quiero volver a la Argentina para disfrutar de mi familia y enseñar box en mi gimnasio. Eso lo haré hasta el último día de mi vida.


por Julián Zocchi


Junto a su ultimo campeón mundial, la jujeño cordobesa Alejandra Oliveras


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El velatorio es hoy viernes de 9 a 15 hs, en la sala ubicada en Suipacha al 2400.
El cortejo fúnebre comenzará a las 15:30 hs.
Pasará por la academia de boxeo de UPCN (en 1º de Mayo al 3100), el Club Unión, y finalmente, a las 16 hs. arribará al crematorio del Cementerio Municipal.


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